reflexiones anecdotas parabolas pensamientos poesiasyoraciones espiritualidad centrodeespiritualidad edeca edecam correo enlaces

  

Ver y creer

Luis IX, rey de Francia, estaba en su despacho, rodeado de sus ministros, atendiendo importantes asuntos de Estado.

De pronto llegó jadeando el mayordomo, y le dijo al rey:

“¡Majestad, ven pronto por favor!, en la capilla del palacio, sobre el altar se apareció Jesús; todos le están viendo, ¡Majestad, ven enseguida!”.

Sin emocionarse, el rey contestó:

“Yo siempre he creído que Jesús está presente en la Eucaristía; ninguna necesidad tengo de verle con los ojos”.

Y el rey siguió atendiendo los asuntos de Estado.

Tomado de Alfonso Francia


Hay muchas clases de fe, tantas como personas.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Se había gastado en médicos toda su fortuna. Oyó hablar de Jesús y se dijo “con que le toque aunque sea la ropa, me curo”. Y así sucedió. Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha curado, Vete en paz y sigue sana de tu tormento” (Mc 5.34).

En muchas enfermedades de debilita también la fe. Es difícil abrirse paso entre la multitud de momentos en que uno mismo no tiene fuerzas casi ni para caminar. Sin embargo, esta mujer sólo desea tocarlo, sin que Él mismo se dé cuenta. No requiere ninguna entrevista especial, ni el sensacionalismo de ser vista por la gente. Sanó gracias a su fe. Desapareció el tormento, pudo vivir el resto de los años en paz consigo misma y con los demás.

Había también un hombre llamado Pedro. Aquel día estaba en el mar y no era capaz de llegar hasta Jesús. Apoyado en la palabra del maestro empezó a caminar; pero al sentir la fuerza del viento le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

¡Sálvame, Señor!.

Pero Jesús extendió en seguida la mano, lo agarró y le dijo: ¿Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? (Mt.14, 30-31).

A Pedro le sobraba miedo y le faltaba fe. Empezó a caminar sobre las aguas apoyado un poco en el “ven” del Maestro; pero la fuerza del viento le hizo olvidarse de la presencia del Señor y comenzó a hundirse; pues no se puede andar y caminar con miedo.

Creemos, repetimos cada domingo; sin embargo también nosotros necesitamos tocar, ver y sentimos pavor como Pedro cuando nos abofetea la tempestad. Es bueno gritar; es fatal el quedarse mudos, dar la espalda y seguir por otro camino paralizados por el miedo que se ha incrustado en el alma, como el joven rico (Mt. 19, 16-22).

Dichosos los que creen en la presencia de Jesús en la Eucaristía y en cada ser humano y no tienen necesidad ni de tocar ni de verlo con los ojos, ni de milagros especiales, pues poseen el gran milagro de la fe.

Para ver el Blog del P. Eusebio: http://lafuentequemana.blogspot.com/