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No temas

 

 

Un día Federico el Grande, rey de Prusia, visitó una escuela primaria.

     En la clase, el maestro estaba dando una clase de geografía.

Después de hacerles varias preguntas sobre dónde estaba Prusia, Alemania y Europa, el Rey preguntó a los alumnos:

-¿Dónde se encuentra el mundo?

Los alumnos no sabían qué contestar. Pero uno de ellos, con gran firmeza, dijo:

-Majestad, el mundo se encuentra en las manos de Dios.

Estamos en las manos de Dios, en Él tenemos puestos los ojos y la esperanza. No debemos temer nada: el poder del mal no triunfará.

Dios sigue hablando, revelándose. Es posible que el concepto o imagen de Dios de un adulto nos quede pequeño, no sea el mismo que de un niño. No por ello se puede decir que una persona ha perdido la fe, sino más bien que ha evolucionado. Ha descubierto que el verdadero Dios es distinto, no es «una imagen de papel ni de madera», lo ha experimentado en su vida como Abrahán, como María…

Cuando la Biblia habla de la fe, pone ejemplos de personas que se fían de Dios, como Abrahán, como María. La fe bíblica está más próxima a una actitud de búsqueda que a una seguridad total. Abrahán debe salir de su tierra sin saber siquiera adónde va (Gn 12, 1), fiándose de la promesa de Dios. Dios ofrece y regala la salvación. La respuesta del creyente es acogerla por medio de la fe. La Escritura nos propone dos modelos de fe, de acoger la palabra salvadora de Dios: Abrahán y María.

No temas, Abrahán, que el Señor es tu escudo y te colmará de bendiciones. No temáis, Juan, Pablo, Andrés, que Dios está con vosotros, que la fe es vuestra fuerza y roca, que sólo Dios será vuestra recompensa. Todos los que confían en Dios y se fían de Él, como María, no huirán ni vivirán en el temor, sino que darán a luz la vida, y entonces el mal y la muerte no tendrán poder sobre ellos.

Frank Borman, un astronauta del Apolo VIII, pronunció a 350.000 km de la tierra una oración llena de confianza: «Señor, concédenos la posibilidad de ver tu amor en el mundo a pesar de los defectos humanos. Concédenos la fe, la confianza, la oración a pesar de nuestra ignorancia y flaqueza. Concédenos lucidez para que sepamos seguir orando con corazón comprensivo y muéstranos lo que cada uno de nosotros puede hacer para facilitar que venga a nuestro mundo la paz universal».

«Estamos en las manos de Dios, que son buenas manos. Saber hacer bien su voluntad vale más que resucitar un muerto» (Juan XXIII). Hacer la voluntad de Dios es querer lo que Él quiere. A quien cumple la voluntad de Dios todo le sale bien, no pierde la calma. Juan XXIII tenía fama de no preocuparse por nada y no había manera de que nadie ni nada le quitase el sueño. No eran capaces de hacerle perder la calma ni ochenta millones de problemas que se le presentasen. Él conocía el secreto: ponerse en las manos del Señor, seguir su voluntad, no fatigarse y no perder la paz.

Cumplir la voluntad de Dios llena el corazón de paz, serenidad, entereza y alegría. Así lo revela santa Teresita: «Mi corazón está lleno de la voluntad de Dios. Así, cuando se le echa algo encima, no penetra en el interior; es una nada que resbala fácilmente, como el aceite, que no puede mezclarse con el agua. Me quedo siempre con una paz profunda en el fondo que nada puede turbar». Dos días más tarde, en una de sus últimas cartas, aseguraba: «No estaría tan alegre como lo estoy si Dios no me enseñase que la única alegría en la tierra es cumplir su voluntad».

El Evangelio habla de perderlo todo para ganarlo todo. Y nosotros, normalmente, obramos al revés, queremos ganar todo: alegría, paz, buscando nuestros propios caprichos, no arriesgando nada… Y así no conseguimos lo que buscamos. San Juan de Ávila lo expresa gráficamente cuando reafirma: «Por buscar nuestro contento, lo perdemos: y al Señor también. Porque quien a sí mismo como a último fin busca, perderse tiene. Quien su contento quiere, en su descontento ha de caer, pues es como idolatrar consigo mismo y dejar a su verdadero Dios, que es el único descanso de nuestras almas».

Una de tantas razones por las que no nos entregamos a la voluntad de Dios y no nos abandonamos en sus manos es porque queremos tener el control de nuestra vida. Louis Évely compara nuestra conducta con la de un pasajero que va en un taxi o autobús. Si paras un taxi o te subes a un autobús -dice él-, no se te ocurre pedirle al conductor su permiso de conducir. Te fías de él; te pones en sus manos. ¡Pero en Dios no confiamos! Tratándose de Él, continuamente nos gustaría arrancarle el volante de las manos. Estamos convencidos de que sabemos conducir mucho mejor que Él . En cuanto nuestra vida da un viraje un poco brusco, se detiene o acelera más de lo normal, nos ponemos a dar gritos de angustia, como niños mal educados.

«Lo que Vos queráis, Señor,

sea lo que Vos queráis. ..

Gracias si queréis que mire,

gracias si queréis cegarme;

Gracias por todo y por nada;

sea lo que Vos queráis»…

(Juan Ramón Jiménez)