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Diez minutos de felicidad

Una tarde de invierno, estaba yo cumpliendo como de costumbre mi dulce tarea al lado de la Hermana Saint-Pierre; hacía frío, era de noche…De pronto, oía a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical…Me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, a unas señoritas, elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y delicadezas mundanas.

Instintivamente posé la mirada en la pobre enferma a quien yo sostenía. En lugar de una suave música, escuchaba ya de vez en cuando sus gemidos lastimeros. En vez de ricos dorados, veía baldosas de nuestro claustro austero apenas iluminado por un débil resplandor…

No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales, de tal modo sobrepasaron el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no cabía en mí de pura felicidad.

¡Ah! No hubiera cambiado los diez minutos empleados en mi humilde oficio de caridad por mil años de fiestas mundanas. Si aun en medio del sufrimiento, del combate, pensando que Dios nos ha retirado del mundo, es posible gozar un instante de dicha que supera a todos los placeres de la tierra, ¿qué será cuando, en el cielo, abismadas en un gozo y descanso eternos, veamos la gracia incomparable que el Señor nos ha concedido, escogiéndonos para vivir en su casa, verdadero pórtico del paraíso?

Santa Teresita del Niño Jesús

Santa Teresita escuchaba una suave música, pero a su vez oía los gemidos lastimeros de una pobre enferma. Por poner los ojos y la atención en la enferma en vez de la suave música, el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, causándola más felicidad que todas las fiestas de la tierra.

Hay muchos que se dedican a visitar a los enfermos a orar por ellos y con ellos. Es el mismo Cristo quien visita y quien recibe, el mismo que “tomó nuestras enfermedades y cargó con nuestras dolencias” (Mt 8,17), el que anima, consuela y fortalece a través de la oración. Y una oración bien sencilla es ésta: “Señor, tu amigo está enfermo” (Jn 11,3).

¿Quiénes son los enfermos?

Los enfermos son los que atiende el médico, el psicólogo, el sacerdote, el orientador; aquellos que sufren algún desequilibrio en su cuerpo o en su espíritu.

Los enfermos de todo tipo tienen que enfrentarse cada día con el trabajo diario, con la incomprensión de los sanos, con aquellos que les hieren toda clase de sentimientos, con la marginación, el olvido y la soledad.

Pero lo importante es que el mismo enfermo llama y grite al Señor, que pueda preguntarle: ¿Señor, dónde estás? ¿Por qué a mí?. El enfermo dispone de muchos momentos de soledad para intimar con el Señor, para ir arrancando los temores, sentimientos de rencor, desesperanza, para escuchar a Dios que siempre nos quiere decir algo. En determinados momentos de la vida es difícil entender el lenguaje del Padre, comprender desde la fe las noches oscuras. Pero Dios sigue ahí presente para iluminar al que sufre y a todos los que se acercan a Él.

Sólo desde Dios podemos entender el sufrimiento. Cristo vence el sufrimiento y la muerte para poder salvarnos de ellos. Él no ha venido a suprimir el dolor, sino a llenarlo de su luz y presencia y dar un sentido redentor a lo que antes era maldición.

Para ver el Blog del P. Eusebio: http://lafuentequemana.blogspot.com/