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 Perdonar a Dios

         

Robin  Casarjian cuenta que su amiga Susan se crió en un hogar muy religioso, incluso antes de aprender a leer tuvo que aprenderse de memoria pasajes de la Biblia. Uno de los primeros que memorizó fue el salmo 22, aquel que comienza “El Señor es mi pastor…”. Cuando llegaba al verso que dice: “Si, la caridad y la gracia me acompañarán todos los días de mi vida”, ella pensaba que quería decir: “La Caridad y la Gracia me acompañarán…”. Susan lo explica así: “La idea terrible de que dos viejas encapuchadas me iban a acompañar a todas partes para después irle con el cuento a Dios de todo lo que yo hacía mal se cernió sobre mí hasta mucho tiempo después que entendí el verdadero significado del verso. Mi Dios era un tirano desconfiado que espía y hace seguir a la gente inocente para que lo tengan informado”. Aún ahora, de adulta, a Susan le resulta difícil imaginarse a Dios como un ser bondadoso y amante. Le cuesta perdonar a Dios.

En 1987, un fuerte terremoto destruyó muchas casas en San Francisco, California; una familia que había perdido su casa se mudó al otro lado de la bahía, en las colinas de Oakland; algunos años después, un fuerte  incendio arrasó esa área y su casa fue nuevamente destruida.

Preguntarse el por qué de las cosas de nada sirve; la respuesta a esa pregunta seguirá siendo un misterio para siempre. Para recuperarse de desastres semejantes, debemos preguntar ¿Qué puedo aprender a partir de esta situación? ¿Qué puedo hacer para superarla? ¿Qué aprendí de esta situación que pueda ser de ayuda en el futuro?

            ¿Es que se puede estar enojado con Dios?  ¿Es que Dios es capaz de hacernos daño? Sí, hay muchas personas enfadadas con él, como al que le acaban de comunicar que tiene un cáncer sin cura, o a la mamá que perdió al hijo recién nacido, o al que el huracán se le llevó toda la fortuna. A Dios le echamos la culpa de todos nuestros males. El Dios omnipotente al que se atribuyen tantos sufrimientos no es el Dios impotente y humilde que Jesucristo ha mostrado:

“Porque deja sufrir y morir a los niños.

Porque dice que me ama y no me ayuda en los momentos difíciles.

Porque se dice que está en todas partes, y yo no lo veo.

Porque no parece responder a mis ruegos.

Porque no me concede la felicidad a la que me daría derecho el cumplimiento fiel de mis deberes religiosos.

Porque después de haberme hecho conocer el cielo a través de un gran amor, vino por el o la que yo amaba.

Porque permite que se cometan abusos, incluso en su Iglesia, sin intervenir.

Porque me juzga sin cesar.

Porque no puedo alcanzar la perfección a que me obliga a aspirar” (Jean Monburquette). 

Dios calla ante el sufrimiento humano o parece no importarle. Bergman en sus películas traspone el silencio de Dios a las relaciones humanas. En juegos de verano, María que ha perdido a su novio, lanza un desafío: “Si Dios no se interesa por mí, yo tampoco me voy a interesar por él”.

El sufrimiento de los inocentes siempre ha creado preguntas sin respuesta, donde el silencio de Dios y la ausencia de su intervención se presentan  como una prueba de un fracaso.  Dios no sólo está ausente, sino que no existe. Goetz en la obra de Sartre grita:  “¿Acaso me escuchas, Dios sordo?” Si Dios calla, ¿cómo podría el hombre escucharle?

Y como la realidad es dura y no tiene explicación, el ser humano mantiene una actitud de huida de la que habla Freud, huida hacia el seno materno, hacia lo arcaico y prelógico: “Soy como un niño en el vientre de su madre, no deseo nacer. Aquí me encuentro suficientemente a resguardo” (Rosanov).  

Cristo ha asumido el silencio de Dios con el Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mt 27,46) y aceptó una vez más la “voluntad de Dios”, voluntad de amor. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn3, 16-17). Esto mismo dirá Pablo Timoteo: “Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen  al conocimiento pleno de la verdad”  (Tm 2,3-4).

En realidad, la mayoría de las veces,  no estamos enfadados con Dios, sino con nosotros mismos porque aún no hemos conseguido conquistar nuestra divinidad. La impaciencia y la rabia son lo mismo. Nuestra divinidad se realiza mediante el perdón. Es el amor incondicional por nosotros mismos lo que buscamos. Perdonarse a uno mismo – Perdonar a Dios. Ambas cosas son lo mismo.