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 Un Dios escondido

 

          Un niño preguntó a un escultor: “Señor, ¿cómo sabía que había un león en el mármol?”

El escultor contestó: “Porque antes de ver al león en el mármol, lo había visto en mi corazón”. 

Dios está escondido dentro de cada ser humano. Dios está cerca de cada uno, pero en algunos momentos no se le siente y su presencia pasa desapercibida. Se sabe que en cualquier relación hay momentos de  intimidad  y momentos de distanciamiento, y esto mismo nos pasa con Dios. El Señor ha escondido su rostro del pueblo… pero yo esperare en él, pues en el tengo puesta mi esperanza  (Is 8,17).

El Salmista con frecuencia se quejaba de la aparente ausencia de  Dios: Dios mío, ¿por qué te quedas tan lejos? ¿Por qué te escondes de mí cuando más te necesito?” “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Lejos estás para salvarme, lejos de mis palabras de lamentos”; “¿Por qué me has rechazado?” Camina del Norte al Sur y no lo encuentra, no lo ve. Por supuesto, Dios en realidad no había dejado a David, como tampoco nos deja a nosotros. Ha prometido varias veces: “Nunca te dejaré ni te abandonaré”. Pero Dios no te promete: “siempre sentirás mi presencia”.  En efecto, Dios a veces oculta su rostro de nosotros.

Y Él parece que se ausenta por días, semanas, meses, años; la oración parece que no hace nada y no se consigue ningún cambio aparente. Por más que se ora, por más que se lee y se escucha la Palabra, por más que se busca al Señor, el corazón queda frío como una piedra, no se siente nada. Cuando Dios parece distante, puedes sentir que está enojado contigo. Sí, Dios quiere que sientas su presencia, pero prefiere que confíes en él, aunque no lo sientas.  A Dios le agrada la fe, no los sentimientos. En momentos de oscuridad es bueno recordar: “Nunca dudes en la oscuridad de lo que Dios te dijo en la luz” (V. Raymond Edman). Confía en que Dios cumplirá sus promesas.  Gracias a que confiaba en la Palabra de Dios, Job pudo mantenerse fiel, aunque nada parecía tener sentido. Su fe era fuerte en medio del dolor: “Dios podrá matarme, pero todavía confiare en él”.

El sufrimiento del ser humano, especialmente del inocente, es un gran escándalo para el no creyente.  El escándalo de nuestra historia de sufrimientos, en sus justas dimensiones, aunque de una manera complicada pero realista, se lo planteaba ya el griego Epicuro:

“O Dios quiere quitar el mal del mundo, mas no puede, o ciertamente puede, mas no quiere. O Él no quiere y no puede evitarlo, o bien puede y quiere quitarlo. Si quiere, pero no puede, es impotente. Si puede, mas no quiere, no ama (la duda humana: si Dios es amor o si Dios existe, es el mismo problema). Si no quiere ni puede, entonces no es el Dios bueno y además es impotente. Si Él quiere y puede (ésta es la sola posibilidad que se le debe como a Dios), entonces ¿de dónde viene el mal actual y por qué no lo quita?”

Sabemos que no hay comprensión del misterio del dolor, de cualquier sufrimiento, pero mucho menos el de un inocente. Escribía Pascal: “Si se considera solo la perfección de Dios, el hombre cae en la desesperación, y si se considera solo al hombre nos precipitamos en el orgullo; solo si consideramos a Cristo, a la vez Dios y Hombre, podemos mirar lealmente toda nuestra debilidad y nuestra miseria en el horizonte de un amor misericordioso y lleno de esperanza”.

El problema de fondo, en todo sufrimiento,  es  la incompatibilidad de dos atributos de Dios: el de la bondad y el de la omnipotencia. ¿Por qué Dios permite el mal?

            A la fórmula atea: “Si Dios existe, la persona no es libre”, se responde: “Si el ser humano existe, Dios no es libre”. Dios no puede decir no al ser humano, ya que Él es amor y no puede dejar de amar, lo comprenda o no el ser humano, pero no puede obligar a amar. Ya lo dice un adagio patrístico: “Dios puede todo, salvo obligar al hombre a amarlo”. Dios no se ha desentendido del ser humano, pues ha enviado a Jesucristo. El Hijo viene a la tierra para sentarse a “la mesa de los pecadores”. El amor es oblación hasta la muerte. Dios muere para que el hombre viva en él.   

Cristo ha asumido el silencio de Dios con el Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mt 27,46) y aceptó una vez más la “voluntad de Dios”, voluntad de amor. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3,16-17),  quiere que todos los hombres se salven y lleguen  al conocimiento pleno de la verdad  (1 Tm 2,3-4).

 “Dios nos da a conocer que tenemos que vivir como seres humanos que resuelven su vida sin Dios. El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona… Ante Dios y con Dios, vivimos sin Dios. Dios se deja arrojar del mundo para ir a parar a la cruz; Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente así y únicamente así es como está junto a nosotros y como nos ayuda” (D. Bonhoeffer).