En la
clase, el maestro estaba dando una clase de geografía.
Después de hacerles varias preguntas sobre dónde estaba Prusia, Alemania y
Europa, el Rey preguntó a los alumnos:
-¿Dónde
se encuentra el mundo?
Los alumnos no sabían qué contestar. Pero uno de ellos, con gran firmeza, dijo:
-Majestad,
el mundo se encuentra en las manos de Dios.
Estamos en las
manos de Dios, en Él tenemos puestos los ojos y la esperanza. No debemos temer
nada: el poder del mal no triunfará.
Dios sigue
hablando, revelándose. Es posible que el concepto o imagen de Dios de un adulto
nos quede pequeño, no sea el mismo que de un niño. No por ello se puede decir
que una persona ha perdido la fe, sino más bien que ha evolucionado. Ha
descubierto que el verdadero Dios es distinto, no es «una imagen de papel ni de
madera», lo ha experimentado en su vida como Abrahán, como María…
Cuando la Biblia habla de la fe, pone ejemplos de personas que se fían de Dios,
como Abrahán, como María. La fe bíblica está más próxima a una actitud de
búsqueda que a una seguridad total. Abrahán debe salir de su tierra sin saber
siquiera adónde va (Gn 12, 1), fiándose de la promesa de Dios.
Dios ofrece y regala la salvación. La respuesta del creyente es acogerla por
medio de la fe. La Escritura nos propone dos modelos de fe, de acoger la palabra
salvadora de Dios: Abrahán y María.
No temas, Abrahán, que el Señor es tu escudo y te colmará
de bendiciones. No temáis, Juan, Pablo, Andrés, que Dios está con vosotros, que
la fe es vuestra fuerza y roca, que sólo Dios será vuestra recompensa. Todos los
que confían en Dios y se fían de Él, como María, no huirán ni vivirán en el
temor, sino que darán a luz la vida, y entonces el mal y la muerte no tendrán
poder sobre ellos.
Frank Borman, un
astronauta del Apolo VIII, pronunció a 350.000 km de la tierra una oración llena
de confianza: «Señor, concédenos la posibilidad de ver tu amor en el mundo a
pesar de los defectos humanos. Concédenos la fe, la confianza, la oración a
pesar de nuestra ignorancia y flaqueza. Concédenos lucidez para que sepamos
seguir orando con corazón comprensivo y muéstranos lo que cada uno de nosotros
puede hacer para facilitar que venga a nuestro mundo la paz universal».
«Estamos en las
manos de Dios, que son buenas manos. Saber hacer bien su voluntad vale más que
resucitar un muerto» (Juan XXIII). Hacer la voluntad de Dios es querer lo que Él
quiere. A quien cumple la voluntad de Dios todo le sale bien, no pierde la
calma. Juan XXIII tenía fama de no preocuparse por nada y no había manera de que
nadie ni nada le quitase el sueño. No eran capaces de hacerle perder la calma ni
ochenta millones de problemas que se le presentasen. Él conocía el secreto:
ponerse en las manos del Señor, seguir su voluntad, no fatigarse y no perder la
paz.
Cumplir la
voluntad de Dios llena el corazón de paz, serenidad, entereza y alegría. Así lo
revela santa Teresita: «Mi corazón está lleno de la voluntad de Dios. Así,
cuando se le echa algo encima, no penetra en el interior; es una nada que
resbala fácilmente, como el aceite, que no puede mezclarse con el agua. Me quedo
siempre con una paz profunda en el fondo que nada puede turbar». Dos días más
tarde, en una de sus últimas cartas, aseguraba: «No estaría tan alegre como lo
estoy si Dios no me enseñase que la única alegría en la tierra es cumplir su
voluntad».
El Evangelio
habla de perderlo todo para ganarlo todo. Y nosotros, normalmente, obramos al
revés, queremos ganar todo: alegría, paz, buscando nuestros propios caprichos,
no arriesgando nada… Y así no conseguimos lo que buscamos. San Juan de Ávila lo
expresa gráficamente cuando reafirma: «Por buscar nuestro contento, lo perdemos:
y al Señor también. Porque quien a sí mismo como a último fin busca, perderse
tiene. Quien su contento quiere, en su descontento ha de caer, pues es como
idolatrar consigo mismo y dejar a su verdadero Dios, que es el único descanso de
nuestras almas».
Una de tantas razones por las que no nos entregamos a la voluntad de Dios y no
nos abandonamos en sus manos es porque queremos tener el control de nuestra
vida. Louis Évely compara nuestra conducta con la de un pasajero que va en un
taxi o autobús. Si paras un taxi o te subes a un autobús
-dice
él-,
no se te ocurre pedirle al conductor su permiso de conducir. Te fías de él; te
pones en sus manos. ¡Pero en Dios no confiamos! Tratándose de Él, continuamente
nos gustaría arrancarle el volante de las manos. Estamos convencidos de que
sabemos conducir mucho mejor que Él . En cuanto nuestra vida da un viraje un
poco brusco, se detiene o acelera más de lo normal, nos ponemos a dar gritos de
angustia, como niños mal educados.
«Lo que Vos
queráis, Señor,
sea lo que Vos
queráis. ..
Gracias si
queréis que mire,
gracias si
queréis cegarme;
Gracias por todo
y por nada;
sea lo que Vos queráis»…
(Juan Ramón
Jiménez)