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El poder de la palabra

 Un ladrón estaba entrenando a su hijo en el oficio de familia (es decir, el robar) y tenía buen cuidado de no dejarle nunca ir al templo para que no escuchara la lectura de las escrituras, ya que, si las escuchaba, abandonaría el robo. Un día, padre e hijo tenían que pasar cerca de un lugar al aire libre donde se estaba leyendo y comentando la palabra de Dios ante numeroso público, y el padre le ordenó al hijo que se tapara los oídos con las manos mientras cruzaban aquel lugar; para que ni una palabra pudiera llegar a sus oídos. El hijo obedeció, e iba atravesando el prado con los dedos en los oídos cuando una espina se le clavó inesperadamente en su pie descalzo, y con un grito de dolor bajó los brazos y se agarró el pie dolorido con ambas manos. Su padre, al instante, le tapó al hijo los oídos con sus propias manos mientras el hijo se sacaba la espina. Solo un momento había tenido el muchacho los oídos al descubierto pero esto había bastado. En aquel momento había oído del texto sagrado y el poder de la palabra había actuado, le había tocado el corazón y le había revelado lo inmoral de la profesión de ladrón. El hijo renunció allí mismo de la profesión y dejó el robo desde aquel instante. Y la segunda parte de la historia también se adivina, para redondear el final feliz. El padre al taparle los oídos a su hijo con sus manos, había dejado destapados sus propios oídos, y también llegó a ellos la palabra y tocó su corazón y le convirtió en persona honrada para el resto de sus días.

Historia hindú


“ La Palabra de Dios es viva y eficaz y más cortante que espada de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas, y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón”. (Hb 4,12).

La Palabra es poder. Dios actúa por su Palabra. Dios dijo: “Sea la luz”, y la luz se hizo. Dios creó diciendo. La Palabra tiene poder de fecundidad. Como empapa la lluvia la tierra y la fecunda, “así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié” (Is , 55, 10-11).

Jesús fue educado en una sociedad que veneraba la Palabra, pues ésta era uno de los mayores tesoros para los israelitas. Cuando Él instruye a los discípulos les dice: “En la casa que entren, digan primero: Paz a esta casa, y si hubiese allí un hijo de paz, la paz reposará sobre él; si no, se volverá a ustedes” (Lc 10, 5-6). Todas las palabras que pronunció Jesús “eran Espíritu y Vida” (Jn 6.63).

Dios ha dado al ser humano el poder de crear y destruir, dirigir y cambiar, herir y sanar con la Palabra. Consciente el creyente de este poder, ha de usar la palabra para unir, no para dividir; para amar, no para odiar. Una palabra ofensiva puede crear discordia, odio, destruir vidas. Una palabra de amor puede iluminar el camino a los descarriados, curar, sanar, consolar, bendecid.

Bastó sólo un momento para que la palabra sagrada entrara en los oídos de aquel padre y de aquel hijo y para iluminarles su vida, tocarles el corazón y cambiarles de profesión. Razón tenía el buen hombre “ en desconfiar de las cercanías del templo y de la palabra de las escrituras”. ¿”No es mi Palabra como el fuego que abrasa y como el martillo que hace pedazos la peña?” (Jr, 23, 29).

Para ver el Blog del P. Eusebio: http://lafuentequemana.blogspot.com/