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Bienaventurados los pacíficos

La paz, que por obra y desgracia de los egoísmos, la intolerancia, el deseo morboso de poder, la falta de respeto a los derechos humanos, y las bombas para todos los gustos y disgustos, se ha convertido en un bien tan valioso como escaso.

La paz, como la vida, escuchamos con frecuencia, están gravemente amenazadas. El poder destructor de muchas naciones es enorme. El mundo está dividido, ricos y pobres, divisiones raciales, divisiones nacionales y culturales. Las injusticias son enormes. La gravedad del momento exige una revolución de amor.

Dios no reina sino en el alma pacífica y desinteresada, decía San Juan de la Cruz. Dios no vive sino en un mundo que ha conseguido la paz a base de la entrega y el amor; en un mundo desarmado no sólo de bombas, sino de odios. La paz no es destruida por una discusión, sino por lo que produce esa disputa: el egoísmo, ya que éste endurece el corazón y lo vuelve frío e interesado. Y cuando el ser humano sólo es capaz de mirar para sí mismo, su familia, cuando no importan los demás, este mundo se hace inhabitable. No podemos permitirnos el lujo de dejar que la paz se marchite. Cuando en nuestro corazón se muere la paz, no es posible recuperarla de cualquier manera ni sirve cualquier estrategia. Con el corazón lleno de resentimiento, de odio y ceguera no es posible introducir la paz de Jesús.

Si hay paz en los corazones, también la habrá en cada hogar y en cada pueblo. Se nos invita a “darnos la paz”, a ser constructores de una convivencia pacífica. Y la paz no solamente se destruye matando a otro, sino con la disputa, el enojo. Para los guaraníes el enojo es algo que no tiene sentido. Ellos eligen su jefe y dicen que si él se enoja, si pierde los estribos, entonces deja automáticamente de ser jefe y tiene que irse a otro grupo, a un destierro, porque una persona que no es capaz de dominarse, no puede decirle nada a la comunidad ni construir la comunidad.

San Agustín comenta que donde hay verdad, humildad, generosidad, solidaridad, respeto, esperanza, caridad, libertad, allí hay luz; pero la paz no se construye solamente cantando, sino buscándola y queriéndola de verdad. En medio de un mundo dividido, el cristiano tiene que ser fermento de unidad y de paz. El gesto que se da en la misa de alargar la mano al que está a nuestro lado, sea niño, anciano, joven, gente de cualquier clase y color, debe ser un compromiso que nazca de una fe viva.
Todos los que creemos en el Príncipe de la Paz, hemos sido invitados a la construcción de una humanidad más justa y más unida, a ser sembradores y testigos de la paz. No basta con discursos, buenos deseos y oraciones. Es necesario que cada uno haga lo que esté a su alcance: “encender una vela”, aceptarse así mismo, reconciliarse con el otro, acercarse con un gesto conciliador, fomentar la paz, la misma paz que Jesús vino a traer a la tierra.

“Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). Bienaventurados los constructores de la paz, los que la posibilitan, los que dan su vida para que no reine el odio, el rencor, el hambre y el sufrimiento. Donde reina la verdad, la generosidad, la solidaridad y la libertad, allí hay paz.

Para ver el Blog del P. Eusebio: http://lafuentequemana.blogspot.com/