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En Caná estaba María
Cuenta Martín
Descalzo que cuando era niño tenía que ir al colegio todas las mañanas y el
suelo estaba nevado. Su madre lo acompañaba a él y a su hermana y les decía:
«Mirad, yo voy a ir delante de vosotros y vosotros vais a ir poniendo los
pies en las huellas de los míos, y así tendréis menos frío. En realidad,
pisar las huellas de su madre no disminuía el frío de la mañana, pero para
él era como si el corazón de su madre fuera calentando la tierra por la que
pisaba. Algo así sucede con María: ella fue delante por el camino que lleva
hacia a Dios: al poner nuestros pies en sus huellas, desaparecerá buena
parte del frío de este mundo.
Y en Caná
estuvo María y lo está en cada momento de nuestra existencia.
Faltó el vino y la madre de Jesús
le dijo: «No les queda vino». Jesús le contestó: «Mujer, déjame, todavía no
ha llegado mi hora». Su madre dijo a los sirvientes: «Haced lo que Él diga».
Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y
creció la fe de sus discípulos en él (Jn
2, 1-12).
Juan escoge en primer lugar un milagro casi sin importancia. En general los
milagros suelen dirigirse a sanar a los enfermos o alimentar miles de
personas. El primer signo de Jesús va dirigido ayudar a unos novios en el
día de su boda porque se les ha terminado el vino, elemento indispensable de
la fiesta. Jesús se pone al servicio de la gente para devolverles la
alegría. Juan narra este milagro de Jesús en Caná: «Manifestó su gloria y
creció la fe de sus discípulos en él». La inclusión con el final del
Evangelio es evidente: «Jesús realizó en presencia de sus discípulos otras
muchas señales…; éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el
Cristo, el Hijo de Dios…» (Jn 20, 30-31).
María estaba
arrebatada por Dios, pero pendiente también de los demás. María quería a
aquellos novios que se quedaron sin vino, sin alegría. Y pone manos a la
obra, hace lo que está a su alcance. «Y, como faltara vino, le dice a Jesús
su madre: No tienen vino» (Jn 2,
3). María, la de corazón tierno, compasivo y bondadoso, se da cuenta de que
en Caná falta la alegría e invita a todos a confiar en Cristo para llenar la
vida de alegría. María sabe que su Hijo tiene el poder de cambiar toda
situación de tristeza en alegría y les dice: «Haced lo que Él os diga»;
invita a los sirvientes a hacer como ella: estar abiertos a Dios, dar un sí
al Señor. Y Jesús gratuitamente multiplica el vino para alegría de todos.
En
nuestro mundo, en nuestras vidas, falta fe, esperanza, alegría. Conscientes
de esta necesidad, hay que pedir a Dios humildemente, por medio de María,
que nos llene de fe, de alegría.
San Juan Bosco resumió su vida en este mensaje: «Estad
alegres y haced el bien». De la bondad brota la alegría, y ésta es el mejor
motor para mantenerse en el bien.
María no pide a los
sirvientes que estudien atentamente el problema, que traten de averiguar la
causa de que falte vino; no: sencillamente les pide que se abran a Dios, a
su voluntad. Y Jesús gratuitamente multiplica el vino para alegría de todos.
La expresión más importante es la frase del mayordomo: «Tú has guardado el
vino bueno hasta ahora». Es el vino nuevo (Mc
2, 22) de la obra escatológica de Jesucristo, que irrumpe en la vida humana,
renovándolo todo.
«Haced lo que Él os diga» es la palabra de María en su insistente plegaria
al Señor en favor de los hombres. Este hecho
-ayudar
a unos novios en la fiesta de su alegría-
es contemplado por Juan como la manifestación de la gloria eterna del Señor
Jesús, su comunión con el Padre. «Y creció la fe de sus discípulos en Él».
El primer «signo» conduce a la contemplación y a la comprensión del signo
central de la muerte-resurrección y del signo que es el amor-unidad de la
comunidad (Jn 17, 20-23) y a vivir
en alegría y promoverla.
Jesús llama a su madre «mujer», lo mismo que desde lo alto de la cruz (Jn 19, 26), en el momento en que María aparece como la nueva Eva,
madre de los vivientes (Gn 3,
15-20). Representa entonces a la Iglesia, nos representa a todos.
En la Biblia se presenta el vino como símbolo y resumen de todo lo que
alegra el corazón del hombre. Nuestro mundo, a pesar de todos los adelantos,
no es un mundo alegre. Le falta vida, pues sólo se conoce una vida
frustrante, triste y sin sentido.
Los Padres
de la Iglesia nos hablan de las enseñanzas y el significado de estos actos.
En muchas culturas el pan es tradicionalmente considerado como el alimento
por excelencia. El vino también es importante. Parece como si se intentase
cumplir al pie de la letra lo de «con pan y vino se anda el camino».
Y junto al simbolismo de Caná, está nuestra realidad de hoy. También
nosotros podemos elevar este grito al Señor: «Señor, no tienen vino…», ni
pan, ni agua, ni salud, ni higiene, ni cultura, ni presente, ni futuro…, ni
dignidad. Falta pan y medicinas para niños y mayores. Cuarenta millones de
muertos al año, cuarenta mil niños diarios.
Al contemplar la
figura de la Virgen María en la historia del cristianismo nos encontramos
con este hecho indiscutible: María aparece siempre como una presencia
materna: Madre, primero, de Jesús; Madre, después, de la Iglesia. Por eso el
cristiano pone sus ojos en María para pedir protección. Dios ha querido, sin
más, que en la Iglesia contemos con una Madre, y esa Madre no es otra que
María.
En la Iglesia
Oriental de Rusia existe una imagen célebre de María que, con su manto,
cubre y protege la ciudad de Moscú contra todos sus enemigos: bella
representación de lo que ha sido y es María para todos los pueblos
cristianos y para todos nosotros.
Con su manto
cubre y defiende nuestras casas, nuestros pueblos, nuestras calles, nuestros
campos, nuestro trabajo, todo… Es la sombra de la madre que, en la casa y en
la familia, lo llena todo con su calor, sus cuidados, su solicitud, su ayuda
y su consuelo.
Éste
-y no otro-
es el papel de María en la Iglesia. Es curioso observar cómo en todas las
naciones católicas
-las
más tradicionales de Europa y las más recientes de nuestra América-,
en todas se invoca a la Virgen como salvadora de la patria. Todas tienen una
u otra historia dolorosa que contar, para decirnos después que la Virgen
María fue su salvación. Y no se equivocan en esta su interpretación de los
hechos. A esos pueblos cristianos, Dios les ha concedido siempre su
benevolencia y su salvación por medio de la
Virgen María, invocada con tanta fe.
A la Virgen nos dirigimos con plegarias de los primeros siglos de la
Iglesia:
«María, Madre de Dios, tú has traído entre tus brazos la esperanza a
nuestras almas. Tú eres la mayor esperanza del mundo. Por eso suplicamos tu
protección poderosa. Compadécete del pueblo que se desvía. Pide a Dios
misericordioso que libre nuestras almas de toda adversidad, ¡oh Virgen
bendita!…».
María es «modelo y ejemplar acabadísimo» no sólo de
la fe y de la esperanza, sino sobre todo de la caridad (LG 53; 63). Por vivir unida al misterio pascual de Cristo, pasó a un
amor cada vez más genuinamente caritativo. Su misma virginidad no fue otra
cosa que amar a Dios en Cristo con un corazón indiviso.
La caridad divina, tal como se manifestó en el Verbo
encarnado, es donación total al servicio de los demás (1
Jn 4, 8.16). «El mayor sea como el que sirve» (Lc
22, 26). Es el modo como María vivió y sigue viviendo su caridad, de suerte
que se puede autodenominar «esclava del Señor» (Lc
1, 38.48), que se da toda al servicio de Dios Padre y de los hombres. Los
estados virtuosos evangélicos (pobreza, fe, esperanza y caridad), por haber
sido vividos por la Virgen en perspectiva esencialmente pascual, se
manifestaron en una clara dimensión eclesial.
María es Madre solidaria con la iglesia. Sin
solidaridad no hay nueva evangelización: «La credibilidad del evangelio pasa
hoy por ahí, por la solidaridad con los perdidos» (Mons. Moacyr Grechi); «Si
el hambriento no encuentra fe, la culpa recae en aquellos que le rehúsan el
pan» (D. Bonhoeffer).
La Virgen está con nosotros, camina con nosotros,
trabaja con nosotros. ¡He visto a la Virgen trabajar con nosotros!
Para
ver el Blog del P. Eusebio: http://lafuentequemana.blogspot.com/
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