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Apóstol del perdón


 Una señora que llevaba varios años sufriendo de jaquecas e insomnio se acercó a pedir intercesión. Después de unos minutos de oración su dolor de cabeza se agravó visiblemente. Entonces le dije: “El Señor te llama a perdonar a una persona que te hirió hace mucho tiempo, y a la que nunca has perdonado”. Ella preguntó sorprendida: “¿Cómo lo sabe, si no se lo he dicho a nadie?” Y yo insistí: “Para sanarte es preciso que perdones a esa persona, y la perdones incondicionalmente”. “¡Es tan difícil!” dijo ella. “Pero lo intentaré con la ayuda de Dios”. Y así lo hizo. Continuamos la intercesión y a los pocos minutos la señora nos sorprendió a todos echándose a reír. Luego explico entre lágrimas: “Me sentía oprimida por un peso enorme, que no me dejaba dormir ni vivir en paz. Y de pronto ha desaparecido. Y sé que no volverá, pues es el Señor quien lo ha llevado”. Desde entonces esa señora se convirtió en un apóstol del perdón.

Marcelino Iragui o.c.d.


“Amen a sus enemigos, hagan bien a los que les odian, bendigan a los que les maldigan, rueguen por los que les maltraten… Y su recompensa será grande” (Lc 6, 27,35). El perdón es esencial dentro del cristiano; no puede existir verdadero amor, si no hay perdón de por medio. Cada día rezamos: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Y si el mandato del amor es para toda la vida, el perdonar es hasta setenta veces siete (Mt 18,21), porque el que ama no lleva cuentas del mal. Todo lo excusa; todo lo soporta (1 Cor 13, 5-8).

Es imposible perdonar al que nos ha herido sin la gracia de Dios; nos resulta muy difícil ser buenos con los ingratos y perversos. Cuesta saludar, disculpar, olvidar todo; pero no estamos solos, podemos contar con la fuerza que nos viene de lo alto para seguir amando y perdonando. “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza (2 Cor 12, 9).

Dentro de nosotros puede haber amor u odio, perdón o venganza; según predomine uno u otro así habrá vida o muerte, salud o enfermedad, paz o intranquilidad. Quien ama u odia tiene fuerzas incalculables para construir o destruir.

“El salario del pecado es la muerte” (Rom 6,23). El don que nos regala Dios es la vida; pero todos aquellos que no conocen a Dios y se dejan llevar por el odio, permanecen en la muerte y solo pueden engendrar en sí mismos heridas profundas en el cuerpo y en la mente: enfermedades, desajustes, temores, angustia, ansiedad…, vida sin sentido. Más el desorden salpica también a otros, destrozando hogares, corazones, y creando por doquier incomprensión, agresividad. Una sociedad cimentada en el odio crea una estructura de pecado, de explotación, de injusticia, de guerras, de miseria, de ofensa y de tristeza.

“Señor, hazme un instrumento de tu paz: donde haya odio, ponga yo tu amor” (San Francisco de Asís).

Para ver el Blog del P. Eusebio: http://lafuentequemana.blogspot.com/