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Comunicarnos con él
El abba Evagrio dice: “Atormentado por los pensamientos y las pasiones del
cuerpo fui a buscar al abba Macario y le dije: Padre, dime una palabra para
vivir en ella. El abba Macario me dijo: Ata la cuerda del ancla a la piedra
y por la gracia de Dios la barca atravesará las olas diabólicas de este mar
engañoso (…). Yo le dije: ¿Cuál es la barca? ¿Cuál es la cuerda? ¿Cuál es la
piedra? El abba Macario me dijo: La barca es tu corazón; guárdalo. La cuerda
es tu espíritu; átalo a nuestro Señor Jesucristo que es la piedra que tiene
poder sobre todo el mar (…), pues no resulta fácil decir en cada
respiración: Señor nuestro Jesucristo, ten piedad de mí; yo te bendigo,
Señor Jesús, socórreme” (Pseudo-Macario).
La oración es acercarnos a él, tomar conciencia de su proximidad. “Señor,
todo está en ti, yo mismo estoy en ti, recíbeme”, dice el peregrino Macario
en El Adolescente de Dostoievski.
“Aunque es verdad que el principio divino está presente en todos los seres,
sin embargo, no todos habitan en él... Si estuviéramos en un barco a la
deriva y nos lanzaran una cuerda atada a una roca para salvarnos,
evidentemente no atraeríamos hacia nosotros la roca, sino que nosotros y el
barco iríamos hacia ella... no es preciso comenzar a la vez en todas partes
y en ninguna, sino para ponernos en sus manos y unirnos a él...” (Dionisio
El Areopagita)
Para orar hay que hacerlo con la boca, la mente y, sobre todo, con el
corazón. “Yo entiendo por oración no sólo la que está en la boca, sino la
que surge del fondo del corazón. En efecto, así como los árboles con raíces
profundas no temen tempestades (…), igualmente las oraciones que surgen del
interior del corazón, y que están arraigadas allí, se elevan hacia el cielo
con total seguridad y no son desviadas por el asalto de ningún pensamiento”(
san Juan Crisóstomo).
La oración es comunicación, encuentro. Juan Casiano recomienda un encuentro
con Dios silencioso. “Debemos tener cuidado especial en seguir el precepto
evangélico que nos pide que entremos en nuestra habitación y cerremos la
puerta para rezar a nuestro Padre.
Así debemos cumplirlo.
Rezamos en nuestra habitación cuando alejamos nuestro corazón del tumulto de
nuestros pensamientos y preocupaciones y cuando, en una especie de encuentro
secreto y de amistad muy dulce descubrimos al Señor nuestros deseos.
Rezamos con la puerta cerrada, cuando invocamos, sin mover los labios, al
que sin escuchar nuestras palabras, mira nuestro corazón.
Rezamos en secreto cuando hablamos a Dios a través de nuestro corazón y la
concentración del alma, y solo le manifestamos a él nuestras disposiciones,
aunque los poderes adversos no puedan adivinar su naturaleza. Esta es la
razón del profundo silencio que debemos guardar en la oración”. (Juan
Casiano).
La oración de las personas no es siempre la misma. Cambia según las
circunstancias, según los años, dependiendo de la madurez de cada uno. “En
la vida de los convertidos hay tres etapas: comienzo, transición y
perfección. En los comienzos, los convertidos encuentran las seducciones de
la dulzura; en la transición, los combates contra la tentación y al final,
la perfección de la plenitud. Primero la dulzura para reconfortarlos;
después la amargura para probarlos y, al fin la suavidad de las cosas
últimas para consolidarlos” (Gregorio El Grande).
Pero siempre la oración tendrá que apuntar al amor, a no renegar de la
vida. Gandhi asumió, interior y exteriormente, la vida de los más
pobres. Comía, bebía y realizaba la vida con los intocables. Se comprometió
con su situación, no quiso ser su protector. “No debo insultar la desnudez
de los pobres, dándoles unos vestidos que no necesitan en lugar de
encontrarles trabajo que les hace falta... No les daré migajas de pan, ni
mis trajes usados, sino mis mejores vestidos y los manjares más sabrosos,
sin olvidarme de unirme a ellos en un mismo trabajo”.
“No renegaré de tu amor.
porque tú has sido quien me has formado de la tierra
eres tú quien extiendes la mano y me cuidas.
Esto es lo que hay que meditar cuando se reza” (Evagrio Póntico).
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