ANÉCDOTAS Y
TESTIMONIOS
RECOGIDAS Y REDACTADAS POR Fr. Eusebio Gómez
Navarro, OCD
Presento
unas cuantas anécdotas y testimonios seleccionados de mi libro con el
mismo
título.
INTRODUCCIÓN
La
Asociación Colombiana de Libro Infantil publicaba, hace años, algunos de los
derechos de los niños a escuchar cuentos. Todo niño, decía, tiene derecho a
escuchar los más hermosos cuentos, especialmente aquellos que estimulen su
imaginación y su capacidad crítica, a
exigir a sus padres o adultos le cuenten cuentos a cualquier hora del día, a
inventar y contar sus propios cuentos, así como a modificar los ya
existentes, creando su propia versión.
Todo
niño goza a plenitud del derecho de conocer las fábulas, los mitos y
leyendas de la tradición oral de su país. Todo niño tiene absoluto derecho
de conocer las mejores anécdotas y testimonios, digo yo.
Y,
en esta sociedad de consumo, ¿para qué sirve una anécdota? La misión de la
anécdota no es tanto la de instruir como la de despertarnos a la realidad,
poner luz, esperanza y amor a todo lo que tocamos y soñamos. Ella nos sirve
para salpicar nuestras charlas de sal, para iniciar o terminar un discurso,
para profundizar más en lo expuesto, para digerir mejor la esencia y
sustancia de las cosas, para darnos estímulos de superación y de confianza
en las dificultades, para infundir ánimo y alas en el alma.
“A
nadie le ha de faltar una estrellita prendida” –cantaba Atahualpa
Yupanqui. Y todos necesitamos esa luz que prenda nuestros corazones en
momentos en que el frío de la noche hiela, paraliza y congela los mejores
deseos. El testimonio es esa estrellita que se cuela por las rendijas del alma y
hace posible el milagro de cambiarnos
sin darnos cuenta y de transformarnos sin esfuerzo de nuestra parte. Tienen de
particular algunos relatos que se introducen dentro de la cabeza y del corazón
y, como un gusano, acaban con todo el mal que estaba almacenado y empolvado
con el correr de los tiempos. Podemos aplicar a la anécdota lo que
Diderot dice de la sentencia: “La máxima es un clavo que se hunde en el espíritu
e ilumina la vida del genero humano”.
“Entre
todos los placeres, el más noble y agradable es la lectura” –decía Cicerón.
Igual nos pasa con las anécdotas. Con ella los años se nos hacen días y las
horas segundos. Ellas nos pueden ayudar a liberarnos de toda clase de
condicionamientos y a tener un corazón audaz, a adentrarnos en el Dios del
amor y en su plan divino.
Mas,
las anécdotas no sólo nos sirven para recrearnos o para mantener vivo el
interés de los oyentes, sino que ellas nos sorprenden y cuestionan nuestras
vidas.
Cualquier
testimonio cuestiona, interpela, mete al lector en la acción y “si no se da
una respuesta, quedará como una obra incompleta” (La Fontaine). Estos
testigos son gente de carne, hueso y corazón, con un gran mensaje de luz y de
amor, con un ideal al que dedicaron todos los recursos, tiempo y energías:
toda la vida.
Bajo
el título de “Anécdotas y testimonios” están recogidos algunos hechos
de vida. Algunas de las anécdotas están
en forma de cuento; otras en parábolas. Muchas de ellas pertenecen a la
historia, a los grandes héroes, a los santos; otras, son de personas anónimas,
gente del pueblo. Todas ellas pertenecen a la humanidad toda, pues son
herencia espiritual de todos los tiempos.
La labor de los autores es
agruparlas, seleccionarlas, darles nueva forma, pues “nadie es capaz de
escribir un libro sin tener en cuenta las aportaciones de los otros”
(Pascal). “Un libro totalmente nuevo y original será aquel que nos haga
amar viejas verdades” (Vauneuargues).
Estas
anécdotas fueron recogidas de conversaciones, charlas, libros… Posiblemente
abunden más las anécdotas que los testimonios, aunque podremos afirmar que
muchas de ellas son testimonios.
Estos
relatos aparecen desnudos, cortos, pero sustanciosos, sin ningún comentario.
“Lo corto, si es bueno, es dos veces bueno” –solemos decir. Creo que la
mejor explicación es la que cada uno pueda dar y sentir en su corazón.
Las
he dividido en cinco capítulos o apartados: Amor, condición humana, la
fuerza del Espíritu, Dios y su obra, caminar por la vida. Algunas de las anécdotas
podrían ir en cualquiera de los cinco capítulos. Cada uno cuenta con una
pequeña introducción.
El
criterio de selección no ha sido otro que el de despertar a la solidaridad,
libertad, fe, amor y esperanza. Posiblemente estas anécdotas y testimonios
puedan ayudar a los lectores a optar por el amor, a conocer la condición
humana y el plan de Dios, a descubrir la fuerza interior que hay en cada
persona y a caminar por la vida.
“Todo
hombre tiene dos
batallas
que pelear:
en
sueños lucha con Dios;
y
despierto, con el mar”, cantaba Machado.
Todos
tenemos el conflicto de la elección entre la vida y la muerte. Debemos optar
por la vida para transcurrir por el mundo con amor, sin miedos ni rencores,
conscientes de que somos hijos del Padre que desea lo mejor para cada uno de
nosotros: que vivamos como hermanos y nos amemos de verdad.
“Amad
a los animales, amad a las plantas, amadlo todo. Si amáis cada cosa,
comprenderéis el misterio de Dios en las cosas” ( Dostoyewski). Amar y
vivir. Vivir con amor y para el
amor; alejar el odio y el rencor de cada corazón. Amar y vivir como los
protagonistas de estos pequeños relatos, preñados de luz, fuerza y
esperanza.
El sabio Platón decía que
el mayor error de los médicos es tratar de curar las enfermedades del
cuerpo, sin hacer nada por curar las enfermedades del alma y del espíritu.
San Blas hizo una
curación que entusiasmó a todos. Una pobre mujer tenía a su hijito
agonizando porque se le había atravesado una espina de pescado en la
garganta. Corrió hacia un sitio por donde debía pasar el santo, se
arrodilló, y le presentó al enfermito que se ahogaba. San Blas le
colocó sus manos sobre la cabeza al niño y rezó por él.
Inmediatamente la espina desapareció y el niñito recobró su salud. El
pueblo lo aclamó entusiasmado.
A san Vicente Ferrer
todos querían acercarse. Como la gente se lanzaba hacia él para tocarlo y
quitarle pedacitos de su hábito para llevarlos como reliquias, tenía que
pasar por entre las multitudes rodeado de un grupo de hombres, encerrándolo
y protegiéndolo entre maderos y tablas. El santo pasaba saludando a
todos con su sonrisa franca y su mirada penetrante que llegaba hasta el
alma.
San Vicente Ferrer
regalaba a las señoras que peleaban mucho con su marido un frasquito con
agua bendita, y les recomendaba: “Cuando su esposo empiece a insultarle,
échese un poco de esta agua a la boca y no se la pase mientras el otro no
deje de ofenderla”. Y esta famosa “agua de Fray Vicente” producía efectos
maravillosos, ya que, como la mujer no le podía contestar al marido, no
había peleas.
Sobre la tumba de san
Fernando escribieron este bello epitafio:
“Aquí yace el muy
honrado rey Fernando que conquistó y libertó a toda España. Fue el más
leal, el más franco, el más humilde, el más respetuoso hacia Dios, el más
servicial con los demás, y el que siempre supo honrar y pagar muy bien a sus
amigos”.
En aquella región
del norte de África, donde las gentes eran sumamente agresivas, las
demás esposas le preguntaban a Mónica por qué su esposo, que era uno de los
hombres de peor genio en toda la ciudad, no la golpeaba nunca a ella, y, en
cambio, los esposos de ellas las golpeaban sin compasión.
Mónica les
respondió: “Es que cuando mi esposo está de mal genio, yo me esfuerzo por
estar de buen genio. Cuando él grita, yo me callo. Y como para
pelear se necesitan dos, y yo no acepto la pelea, pues…no peleamos”.
Decía Santa Teresa de
Jesús de ella misma al P. Pedro en Burgos: “Tres cosas han dicho de mí en
todo el espacio de mi vida: que era cuando moza de buen parecer; que era
discreta; y ahora dicen algunos que soy santa. Las dos cosas primeras en
algún tiempo las creí, y me he confesado de haber dado crédito a esta
vanidad, pero en la tercera nunca me he engañado tanto que haya jamás venido
a creerla”.
Charles Chaplin,
Cantinflas y el Gordo empezaron cada uno haciendo papeles de señores
muy serios en las representaciones. También tratando de imitar algunos
actores muy famosos, pero no conseguían nada. Entonces cada uno se propuso
ser lo que era, un sencillote que aceptaba los baches de la vida con una
gran dosis de humor. Y triunfaron.
Quejándose La
Santa de Ávila al Señor de las penalidades sufridas en uno de sus caminos,
le respondió el Señor para su enseñanza: “Así trato yo a mis amigos”. Y, por
si Él no lo supiera, también Teresa le advirtió: “Por eso tienes tan pocos”.
Viajando por la Mancha, le
invitó a comer a Santa Teresa uno de sus amigos en su casa, ofreciéndole,
entre otras cosas, unas buenas perdices. Y como alguno de los sirvientes
manifestara su extrañeza de que mujer con fama de tan santa no hiciera
reparos al plato delicado, Teresa le aclaró: “No hay que extrañarse, y
conviene distinguir: cuando perdiz, perdiz, y cuando oración, oración”.
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